Más mujeres y más raritos

Blog Iker Elduayen. Más mujeres y más raritos

Regreso de Madrid haciendo balance de lo visto y lo leído durante mi visita a la capital madrileña. Cuesta hacer memoria. Cuesta recordar cada cosa que has disfrutado y cuesta recordar aquello que sentiste cuando disfrutabas de todo. Afortunadamente para mi memoria, apunté ciertas cosas que me llamaron la atención. Una de ellas la viví el pasado miércoles en mi visita al Museo Reina Sofía. He de decir que ya he cerrado el ciclo de pinacotecas madrileñas. El Reina Sofía era el último gran museo que me faltaba (el Thyssen y el Prado los visité hace varios años). Es cierto que los museos extensos, cuando las salas se van entrecruzando como las carreteras secundarias, me marean. Hay un punto en el que acabo saturándome porque no consigo centrar toda mi atención el lo que estoy viendo. Afortunadamente, como el mundo del arte me encanta, pues acabo disfrutándolo. Podríamos decir que es como una especie de sadomasoquismo sano. 

Más mujeres. Más.

Más contemporáneo que otra cosa, tanto lo visto como lo planificado me gustó. El itinerario que plantea el museo me encantó. Especialmente las primeras salas, repartidas en la segunda planta del singular edificio. La temida sala cinco, en la que están prohibidas las fotografías (es la única sala del museo en la que no se pueden sacar fotos) está expuesto el "polémico" Guernica de Picasso. Por cierto, me sorprendió que estuviese custodiado por dos trabajadores del recinto. Ante el cúmulo de seres que nos pasábamos bastantes horas ante la grandiosidad de la pintura de Picasso, la sala cinco está custodiada por cada espacio que compone el espacio. Además, me gustó ver demás obras de Picasso, las grandiosas surrealistas pinturas de Dalí, alguna que otra obra de Miró y demás obras elaboradas por grandes nombres masculinos, pero, ¿Dónde quedan las mujeres? Me sorprendió y gustó (al mismo tiempo) ver mujeres en un museo. A diferencia de otras célebres pinacotecas, el Reina Sofía incluía en sus salas nombres de mujeres. Tenía conocimiento de algunas ellas, de otras no. La cubista María Blanchard, de la cual hay varias pinturas; o la excéntrica Maruja Mallo, que pintaba con un hieratismo grisáceo digno de admirar. De hecho, había una sala dedicada a mujeres pintoras, relativamente contemporáneas. Una sala de las 20 o 30 que puede tener el Reina Sofía. 

Más raritos. Más.

Además de las mujeres, hay una anécdota, que puede sea misera, pero que me llamó especialmente la atención. Hay una sala en el museo dedicada a las relaciones que tuvo Méjico con la pintura española. Y un espacio, en el cual reina una pantalla, dedicado a Diego Rivera. En dicha pantalla, se proyecta un video ilustrativo en el que se narra los inicios del pintor y sus relaciones con demás intelectuales latinoamericanos. Al llegar a esa sala, coloreada toda de rojo, vi a un niño de unos 7 u 8 años, hipnotizado. Miraba la pantalla como si Jesucristo hubiese aparecido en mitad del museo a lanzarle un mensaje. El niño estaba solo, alrededor, no había ningún familiar ni amigo que acompañase al muchacho. Reposado y relajado, observaba las andanzas iniciales de Rivera. 

Según caminaba por la sala, me di cuenta que el niño pertenecía a una excursión de colegio y, simplemente, se había quedado rezagado. Le miré. ¿Cómo es posible que un niño se quede embelesado ante esta proyección?, ¿Qué poder tiene la cultura, no? Quise acercarme. Me hubiese gustado saber su nombre. En ese momento, apareció otro niño, su compañero, que venía a buscarle. "Sergio, ¿Qué haces?, ¡vamos! El niño no miró. Su amigo insistió hasta que logró que girase la cara y le mirase. Los dos salieron corriendo. Según se iban, el amigo le dijo algo que no logré oír. Me hubiese encantado escucharlo. En ese momento, como si de una estrella fugaz se tratase, una aparición iluminó mi mente a modo de predicción: ese niño será alguien importante. Posiblemente, haga carrera en el cine. A partir de ahora, estaré atento a un tal Sergio, que cuando atienda entrevistas en profundidad, cuente la anécdota que vivió en el Reina Sofía. Quién sabe, quizás, algún día, me la cuente a mi (y yo también se la acabaré contando a él).